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Tomado de Vida Pastoral ¿Piedad popular o
religiosidad popular?
El objeto de esta nota es el de entrever las posibles diferencias que existirían entre una y otra "forma de hablar", para evaluar las eventuales incidencias en la práctica pastoral que surgirían de estas diferencias. ¿Cuestión de palabras? H abitualmente, las expresiones "piedad popular" y "religiosidad popular" suelen utilizarse de manera indistinta. Entre ambas se daría la relación semántica propia de los sinónimos. En el nº 48 de Evangelii Nuntiandi, Pablo VI prefiere utilizar el título "piedad popular", y aunque a lo largo del mismo utiliza las dos expresiones, al final de su quinto párrafo hace una breve justificación de su preferencia dando a entender que el término "religiosidad" estaría más cercano a una suerte de religión incompleta y dice: "...la llamamos gustosamente piedad popular, es decir, religión del pueblo. Más bien que religiosidad". Por su parte, el capítulo II. 3 del documento de Puebla (448) lleva por título "Evangelización y religiosidad popular", y si bien en sus primeras líneas habla de "religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular..." identificando entre sí tales expresiones, lo cierto es que en todo su texto vuelve una y otra vez a utilizar aquella con la que tituló la sección: religiosidad popular . Tal vez resulte significativa la anécdota que relata monseñor Carmelo Giaquinta: "No puedo demostrar lo que diré. En mi opinión, esa mañana en nuestro diálogo afloró un intento consciente –¿el primero en América Latina?– de una teología sobre la religiosidad popular, que luego Pablo VI –¿a través del Cardenal Pironio?– llamaría ‘piedad popular' en la exhortación apostólica Evangelli nuntiandi". Monseñor Giaquinta se está refiriendo a un diálogo que tuvo con el padre Lucio Gera luego de observar a las personas que visitaban el Via Crucis en la ciudad de Tandil. En este relato, que tiene por objeto realizar una semblanza teológica del padre Gera, no se vuelve sobre la posible distinción entre ambas expresiones, sin embargo, allí quedaron indicadas. En diciembre de 2001, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha dado a conocer el "Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia. Principios y Orientaciones". Aunque con menos intensidad que en los casos anteriores, el documento transita casi indistintamente sobre las expresiones mencionadas. No obstante, queda claro que "piedad popular" se llevó las preferencias. Diferencias y opciones Resulta claro que para los obispos reunidos en Puebla, más allá de la apreciación hecha por Pablo VI, la palabra "religiosidad" no refiere necesariamente a una concepción de la religión más o menos degradada o devaluada; como si fuera algo que apunta a ser, pero que todavía no lo es del todo. El concepto de "religiosidad popular" aparece como la abstracción que se concreta en la religión de este pueblo determinado de América Latina; se trata, dicen los obispos, de un catolicismo popular . Dicho en otros términos, la religiosidad popular (mayoritaria) en Latinoamérica, consiste en el modo concreto en que el pueblo vive y expresa su fe católica. Recordemos cómo se conceptualiza a la religiosidad popular en Puebla: "conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan...". Un rápido análisis de tal afirmación, revela tres elementos constitutivos: la fe (conjunto de hondas creencias...); la ética (actitudes básicas...) y el rito (expresiones que...). Todo un compendio de cristianismo, considerando que no se trata solamente de una experiencia individual, sino del modo cultural que la religión adopta en el pueblo. En el Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia mencionado más arriba se lee: "El término ‘piedad popular', designa aquí las diversas manifestaciones cultuales, de carácter privado o comunitario, que en el ámbito de la fe cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la sagrada Liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y de su cultura" (9). Según se ve, el derrotero teológico que tal vez haya comenzado en aquel diálogo entre monseñor Gia-quinta y el padre Gera, encuentra en este Directorio un punto de explicitación al reservar el término "piedad popular" sólo para un aspecto de la religiosidad: el de sus manifestaciones. Ocurre que el Directorio, aunque en el nº 10 avance sobre una conceptualización de la religiosidad popular con términos de similar inspiración a los de Puebla, centra su interés en las relaciones que se establecen entre aquellas manifestaciones populares de la fe, y la sagrada Liturgia o, más precisamente, la liturgia romana en el caso del rito occidental. Ahora bien, queda claro que para el más actual de los Magisterios, "religiosidad popular" y "piedad popular" ya no son sinónimos. Se pone de relieve que nunca lo fueron o que, en todo caso, mientras tal distinción no se hiciera, era posible hablar de cosas distintas suponiendo (con mayor o menor ingenuidad o intencionalidad) que se estaba hablando de lo mismo. Se hace necesario, entonces, revisar cuál de los dos términos se privilegian a la hora de pensar y elaborar la pastoral popular. No hay duda de que la "piedad" (las expresiones cultuales de la religiosidad popular) es una cuestión de trascendente importancia y que su relación con la liturgia constituye un punto neurálgico de toda pastoral popular. En esa relación se juega gran parte de la verdadera incorporación vital de la religión del pueblo que se le exige a la Iglesia para conservar su universalidad (ver Medellín , Pastoral popular, 3 y Puebla 462). Así y todo, considerar el ámbito religioso del pueblo sólo desde la perspectiva de sus prácticas piadosas , implica encerrarse en una propuesta sustancialmente cultual; se trataría de un reduccionismo impropio de la fe cristiana por lo distante de las enseñanzas y de la vida de Jesús. Por su parte, la categoría "religiosidad popular" aparece como dispuesta a ofrecer un ámbito de elaboración de la pastoral popular significativamente más abarcativo porque, como se dijo más arriba, incluye el dato de la fe como don divino ("hondas creencias selladas por Dios...") relativizando las lecturas que sostienen que el fetichismo y la superstición se ciernen como inevitable presencia y/o amenaza sobre el credo católico popular. Pero además, incluye el dato de la ética fundamental ("actitudes básicas...") que afirma el valor de la vida humana y su dignidad procedente del mismo Dios creador. Dentro de este marco la piedad popular, en cuanto expresión de esa religiosidad, supera ampliamente el mero ritualismo (propio de las religiones mágicas) porque se hace símbolo de esa fe expresándola en pedidos, acciones de gracias, en alabanzas y en un enorme abanico de manifestaciones gestuales. Pero, además, se hace símbolo de esa ética que, aunque no siempre asuma la clásica moral cristiana en todas sus prescripciones, no pasa por alto –al contrario, los exige– los valores fundamentales de la justicia, la solidaridad, la fraternidad, la laboriosidad, el respeto hacia el prójimo, la compasión por el que sufre... Por más esfuerzos que se hagan para valorar los modos expresivos de la fe del pueblo, incluso afirmando que son «un verdadero tesoro del pueblo de Dios" (Directorio 61), si se los concibe aislados de su todo (de la religiosidad popular), es decir, prescindentes del contenido al que simbolizan, es comprensible que queden en desventaja con respecto a los signos litúrgicos, tan "exquisitamente" elaborados a partir de precisos conceptos teológicos. Así asumida, la tal piedad popular, aparece principalmente como objeto de evangelización, porque sería necesario tanto purificarla como "dar contenido" a sus exteriorizaciones rituales. Sin embargo, por tratarse de la encarnación del Evangelio en un pueblo determinado, la religiosidad popular católica (el catolicismo popular), representa el más genuino resultado del envío de Jesús: "Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos...". Es claro que en ella hay pecado e impurezas pero no por "popular", sino por humana. Y es claro que también precisa ser evangelizada: igual que toda la Iglesia. Pero como parte viva y dinámica de la Iglesia, es a la vez, agente de evangelización. Desde esta perspectiva, los modos expresivos de la fe popular nacidos de la apropiación de formas heredadas y de la dinámica de su propia cultura, dejan de ser "menores" y subordinados a los de la sagrada liturgia . Por el contrario, siendo legítima expresión eclesial se ofrecen a sí mismos como enriquecedores de la liturgia local y universal. Pensando en la pastoral Más allá de que podamos seguir utilizando indistintamente los términos "religiosidad popular" o "piedad popular", lo que se pretende comprender con esta reflexión, es desde qué marco, efectivamente, se lleva a cabo la praxis pastoral. Si es desde el marco de la "piedad" (aún desde su mayor aprecio y valoración posible), la evangelización apuntaría, privilegiadamente, a robustecer los puntos que, desde esa perspectiva, se presentarían como más débiles: los contenidos doctrinarios de la fe, la catequesis en torno a los preceptos, la primacía de la liturgia romana con relación a los actos piadosos populares... Si es desde el marco de la "religiosidad" o "religión del pueblo" o, aún mejor, del "catolicismo popular", el diálogo sobre los valores éticos adquiriría un lugar propio y destacado en la acción pastoral. Porque asumiendo la existencia de una fe legítima, lo que ésta reclama no son contenidos doctrinarios sobre sí misma, sino el modo concreto en que ella ha de transformarse en "obras" y su coherencia con los símbolos que la expresan. Desde este marco, se habría de considerar privilegiadamente la respuesta histórico-social del pueblo en el que el Evangelio se ha encarnado. Porque lo propio de la encarnación es vivir en la historia y entreverarse en el mundo. Nunca conoceremos aquello que "no fue". Es una inexorable condición de nuestra naturaleza ante la que debemos rendirnos: ¿qué hubiera sucedido si, en vez de hacer esto, hubiésemos hecho aquello? Sobre el pasado no realizado, sólo tenemos supuestos, nunca certezas. Así y todo, aún desde un ejercicio de la imaginación que puede resultarnos didáctico, quizá convenga preguntarnos: ¿cómo vivirían hoy los pueblos de América Latina si, al menos en los últimos treinta años, se hubiera privilegiado una pastoral de la religiosidad popular por sobre una pastoral de la ilustración o, en el mejor de los casos, de la piedad popular ? ¿Habrían tolerado un avasallamiento ideológico y económico tan destructivo si se hubiera trabajado junto al pueblo en el desarrollo de su dignidad y su libertad íntimamente reconocidas como propias de los hijos de Dios? ¿Se habría generado el espacio necesario para los actuales niveles de corrupción, de haberse trabajado significativamente desde los valores de la honestidad y la laboriosidad, tan propios de nuestras raíces? ¿Habría hoy tantos millones de pobres y excluidos (más de la mitad de las mujeres y varones de América Latina) si pastoralmente se hubiera avanzado desde la encarnación histórica de la fe, fruto de las evangelizaciones que nos precedieron? ¿Existiría hoy una dirigencia política, económica y sindical capaz de responder, desde los valores más auténticos y originarios de nuestros pueblos, a la tragedia social que padecemos? Estas y otras preguntas similares, nunca tendrán una respuesta cierta y definitiva. Por lo cual, nos quedan tres alternativas: seguir imaginando "lo que hubiera sido", insistir en un modelo doctrinario-espiritualista de la evangelización, o retomar sin ambigüedades –aunque críticamente– el magisterio latinoamericano (en especial Medellín y Puebla) para seguir construyendo desde sus intuiciones más lúcidas y sus opciones más comprometidas. Breve epílogo Según lo registrado por la encuestadora Gallup (abril de 2001), el 84% de los habitantes de este país se reconocen como católicos, y de ellos, casi la totalidad, se asume como una persona religiosa (aunque no tenemos los datos, una proyección similar podría establecerse sobre toda Latinoamérica). Sin embargo, parece que esta condición existencial de asumirnos como herederos del proyecto de Jesús, no nos ha sido demasiado útil para crecer en justicia y en dignidad. Algo (o mucho) no se hizo bien. Desde las estructuras eclesiales no podemos eximirnos de responsabilidad. |
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